Un compañero compartía -desde su experiencia de tantos años como homosexual- su indignación de ver cómo, a estas alturas, el odio homofóbico sigue causando tanto daño. Me impresionó porque su rabia y dolor no solo era por este bestial hecho, si no por las miles de situaciones similares que vivieron tantos gays amigos y conocidos suyos, que se llevaron hasta la muerte su silencio, su miedo, frustración e impotencia de tener que vivir en la sombra, por el hecho de ser diferentes y por ello ser (o temer ser) rechazados y apuntados con el dedo.
Y es que la homofobia no es solo la agresión verbal o física explicita, es todo un enjambre de gestos y actitudes cómplices cuando opinamos, reímos, evitamos... cuando nos apoyamos en “argumentos” bíblicos, religiosos y científicos sesgados, para juzgarnos como pecadores, enfermos, viciosos o traumados. Porque por muy condescendientes y compasivos que se puedan pensar esas ideas, en definitiva significan lo mismo: lo tuyo es anómalo, no está bien, requiere corregirse o, a lo sumo, mantenerse lo más oculto posible para que no signifique una mala influencia para otros.
Ese es el mensaje, y vaya que lo hemos recogido bien los mismos gays! esa es la música ambiente que nos vio crecer, ese el juicio que interiorizamos, pese al cual no podíamos dejar de ser quienes éramos. Esta lucha que se presenta en la adolescencia muchos no la resisten y terminan en el suicidio y la depresión; otros, más valientes, son capaces de levantar la frente y salir del clóset; mientras una mayoría silenciosa nos batimos en la ambivalencia de ser “libres” en el gueto de los pequeños espacios “sólo para gays” y tratar de pasar inadvertidos frente al mundo hétero.
Es desgastante e innecesario victimizarse, o tener que estar justificando constantemente nuestro derecho a existir; o ser siempre los comprensivos con la gente que aun le choca o “no está preparada” para asumir que nos asumamos. Llega un minuto en que te preguntas ¿por qué tolerar a los intolerantes? La tortura a Daniel y a tantos antes que él, no puede quedar impune y a nosotros dejarnos impávidos!
Por eso te digo a ti…!
…Señora mojigata, si te molesta mi amor, sorry pero soy lo que soy!
…Señor, que le asquea que lo podamos mirar con “otros ojos”, sorry pero nos gusta mirar, como usted a las mujeres! (sin ser invasivos, eso sí)
…Don macho, que nos “aceptas” siempre que no nos mostremos tan colizas, sorry pero si algunos son más femeninos, cosa de ellos!
…Mente legalista, que crees que una Ley Divina o Natural define que solo la unión heterosexual es válida, fíjate que la única ley válida es un Amor comprometido!
…Familia “bien constituida”, que temes un descalabro emocional en los niños criados por 2 papás o 2 mamás, sabes bien que lo que realmente los daña es el ambiente de agresividad, indiferencia o desamor que se les dé.
…“Amigo” o “amiga” que dices que la amistad está por sobre todo, pero en el fondo juzgas igual y hasta haces proselitismo antigay ¿qué amistad es esa? No gracias.
…
Esto lo escribí desde la indignación y la rabia; sin embargo, participando en un encuentro de oración por Daniel escuchaba a sus padres hablar con una templanza y serenidad tan admirables, solo deseando limpiarse de rabias para concentrarse en su hijo y en disponerse para Dios; que me he tratado de poner en una perspeciva más amplia: frente al odio solo el antídoto más potente y efectivo es el amor. Solo el amor allana los caminos para que todos podamos transitar unidos, solo con él se construyen puentes y el destino del planeta se hace esperanzador.
Ayer en Parque San Borja un sendero de luces iluminó el obscuro lugar donde te martirizaron Daniel, esa luz que haz sido para tus padres hoy también la eres para nosotros, por eso tenemos que denunciar las noches para que nunca más...y salir a la luz para que siempre más seamos dignamente quienes somos,
Daniel, te lo prometo...!
Cristian Lorca
("Jack, I swear": cita final de la película que marca el comienzo de la liberación)

