El movimiento homosexual en Chile ha significado una historia de lucha por nuestra dignificación en medio de una sociedad homofóbica que, lentamente va abriendo su mente a la diversidad. Paradojalmente pareciera que a nosotros mismos nos cuesta aceptar esa diversidad dentro del mundo gay…
Una primera lectura superficial a las confrontaciones al interior del movimiento hablaría de cuicos versus resentidos, orgullosos de ser “locas” versus mimetizados. Trataré de mirar un poco más allá, conciente de que las visiones nunca serán certeras, porque todos hablamos desde nuestras subjetividades, forjadas desde la cuna en que nacemos y los derroteros que seguimos.
Mi pie –en este caso- básicamente es el de una familia tradicional católica de provincia, de clase trabajadora aspiracional; por lo tanto, de los que temen “caer” al lado pobre y miran “hacia arriba” al lado rico; amantes de la concordia, ser correctos y pegados con la idea de “surgir”. El gay que resulta de esa mezcla es uno que intenta desesperadamente adaptarse y funcionar dentro de la sociedad (generalmente frustrándose en el intento) y, a la vez, uno que resiste, que cacha que así se va haciendo presa de un cinismo cobarde, haciéndole el juego a una sociedad hipócrita y enjaulando su libertad de desplegar quien realmente es.
Por eso siempre he admirado a los valientes precursores del movimiento homosexual, que dieron la cara y lucharon en los tiempos duros, siendo para el resto de nosotros -los tapados- un signo de dignidad, de descubrir que lo nuestro no era algo vergonzoso, condenado al clandestinaje o al gheto, que era posible caminar con la frente en alto y sin miedo. Recuerdo, mirando desde mi habitáculo en el sur, los primeros reportajes en la tele, las primeras marchas; eran un bálsamo y un despertador. Y sin embargo, pudo siempre más el miedo cómodo de quedar en la caverna... Se suponía que mi venida a Santiago (2008) sería el comienzo de la salida del clóset; me integré a grupos cristianos inclusivos, he participado de foros y talleres en las 3 agrupaciones principales (Acciongay, Movilh y Mums) pero nunca inserto del todo, nunca dando el paso de manifestarme en todo mi entorno o más públicamente, excepto en grupos como el GCCP o las grandes Marchas.
Como observador me he dado cuenta de las divisiones y disensiones, como la polémica con Rolando Jiménez (Movilh), hasta hace poco único interlocutor validado en los medios de comunicación. Algo sé de ciertos conflictos cuando se separó del Movilh histórico y su personalismo, pero sí le reconozco que discursivamente su presencia en los Medios ha sido muy importante para el cambio de percepción de la gente sobre quienes somos.
Hoy el que le compite en cámaras es Pablo Simonetti, cuya emergencia ha sido bastante potente, aunque claro, su pinta, estrato, prestigio le han otorgado todas las credenciales que el resto no tenemos. Aun así, para mí todo lo que suma no resta; allá en las esferas donde se mueve el poder y se defiende a ultranza la imagen, que alguien de sus filas rompa e irrumpa genera impacto, como efectivamente lo ha hecho.
En una sociedad tan clasista como la nuestra, no es extraño que los gays también tengamos prejuicios de clase o que los medios y clase dirigente solo validen a quienes más se adecuen a sus cánones de “normalidad” y status, manteniendo invisibles o folclorizando a los gays más oscuritos, pobres y afeminados; el modelo loca escandaliza a la sociedad y hay (o habemos) muchos gays que tratan de desmarcarse lo más posible de ellas.
En ese sentido me parece acertada la reivindicación de la loca, que hacen personas como el Ché de los gays (Víctor Hugo Robles), por su potencial cuestionador a la uniformidad social y desenmascaro del discriminador que llevamos dentro. Si exigimos respeto y derechos iguales, tenemos que partir dándolos entre nosotros y exigiéndolos para todos; y eso incluye el derecho a ser diferentes no solo en orientación sexual sino en formas de comportarse, ya sean más o menos masculinas o femeninas, más o menos apegadas a la norma social (donde el único límite es el respeto al otro). Por ahí entiendo que va su crítica a personajes como Simonetti por supuestamente defender una homosexualida aséptica y funcional al stablishment. No me consta que sea tan así, las veces que lo he escuchado lo he visto bastante atinado, incluso abierto a aprender (por ej reconocer realidades no muy conocidas como la de lxs Trans que ahora defiende más claramente); si tiene esa perspectiva “normalizadora” ojalá sea capaz de revisarla, así como reconocer que el movimiento no nace con Iguales o con Rolando sino que el hoy viene de la suma de muchos ayeres. Asimismo, del otro lado del espectro, tratar de que el espíritu crítico y escéptico no se trague al que es capaz de aceptar y valorar al otro desde su propio itinerario de vida; por cuanto estar en lugares y posturas diferentes no impide que se dialogue y nos potenciemos, unidos por un fin mayor (seguir el ejemplo argentino)
Lo mismo nosotros los champurreados (mestizos en sentido peyorativo en cuanto no nos declaramos abiertamente homosexuales, aplaudimos y nos subimos al carro de los logros que otros han obtenido pero nos incomodamos si algunos de ellos son más extravagantes porque “desprestigian” la imagen del gay, y hace que la gente “piense que todos somos así”) cabe hacernos concientes de nuestros propios prejuicios ad intra y entender que justamente de eso se trata: caminar hacia una sociedad inclusiva y justa donde cada cual, desde su particularidad, tiene los mismos derechos y espacios para aportar y desarrollarse en autenticidad.
¡Cada vez somos más, movimiento homosexual!
video: Algunos históricos del movimiento: Roberto Pablo, Víctor Hugo Robles, Pedro Lemebel, Rolando Jiménez (imágenes de un reportaje de 1994 )?) en La Red, mal editadas desde el VHS al celu)


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